Publicado :06/02/2026 | Modificado:06/02/2026
Para sentir la historia, mística y fuerza de la fe católica no hace falta cruzar el océano ni viajar hasta Italia. En Áncash, entre montañas y caminos de la zona Conchucos, existe un pueblo que sorprende por su espiritualidad, tranquilidad y santuario: Pomallucay, conocido por muchos como la “pequeña Roma” ancashina.
Ubicado en el distrito de San Luis, a solo una hora de Chacas, este lugar se ha convertido en un destino especial para quienes buscan algo más que un viaje. Aquí, la religión, la arquitectura y la memoria de un pueblo se unen en un mismo paisaje.
Lo primero que aparece ante los ojos del visitante es la imponente cúpula del Santuario, levantándose como un símbolo de esperanza entre las piedras. El Santuario dedicado al Cristo Crucificado, también conocido como el “Cristo de la mirada triste”, fue impulsado por sacerdotes italianos que llegaron a estas tierras y soñaron con construir una réplica de la basílica de San Pedro de Roma, pero en plena sierra ancashina, debido a la fe católica que se profesa en el pueblo.
Y lo lograron. La construcción, hecha a base de piedra, tiene una mística singular. Por dentro, el templo guarda detalles que conmueven: columnas firmes, vitrales que filtran la luz como si fuera oración, techos altos y trabajos en madera con el sello inconfundible de los Artesanos Don Bosco, herederos de una tradición que mezcla arte, paciencia y devoción.
La semejanza con la basílica romana es sorprendente, pero lo que realmente impacta es lo que se siente dentro: silencio, recogimiento y una fe que se respira.
Un pueblo de peregrinos e historia
Pomallucay no es solo arquitectura. Hasta aquí llegan feligreses de distintas zonas de Áncash para rezar ante el Cristo Crucificado y recordar los pasos de Santo Toribio de Mogrovejo, figura clave en la evangelización de los andes peruanos.
Cada año, el pueblo espera con emoción la llegada de cientos de visitantes durante la Semana Santa y especialmente el 14 de setiembre, fecha de su fiesta tradicional.
El nombre Pomallucay también guarda una historia fascinante. Proviene de dos voces quechuas: Poma (puma) y Llocay (trepar). Con el tiempo, el nombre adoptó el significado de “trepado sobre el puma”.
La tradición cuenta que cuando Santo Toribio llegó al pueblo, su mula fue devorada por felinos. Los pobladores, enfurecidos, quisieron matar a los animales, pero el sacerdote lo impidió. Se acercó a los pumas, los acarició y, como si fuera un milagro, los animales se comportaron mansamente. La leyenda dice incluso que Mogrovejo montó sobre uno de ellos para continuar su camino de evangelización.
Esta historia, está plasmada en una de las puertas de madera que permite el acceso de los fieles al santuario. Puerta que, dicho sea de paso, solo se abre para las fiestas del pueblo.
Y así, Pomallucay se levanta como un verdadero tesoro de Áncash: un pueblo pequeño en tamaño, pero inmenso en historia, fe y belleza. Visitar Pomallucay es también reencontrarnos con el orgullo de ser ancashinos.